A medida que el COVID-19 se esparcía por los distintos países del mundo durante Marzo, la inmensa mayoría de los gobiernos se apresuraban a cerrar las escuelas en un esfuerzo por frenar la propagación de la pandemia. Así, al 23 de abril, 191 países habían cerrado sus escuelas, afectando al 90% de todos los estudiantes en el mundo mientras que en América Latina y el Caribe, actualmente hay más de 171 millones de estudiantes que no están asistiendo a clases.

Estas políticas han forzado a las escuelas a instituir iniciativas de enseñanza a distancia con tal de garantizar que los estudiantes continúen aprendiendo, lo que constituye una necesidad particularmente apremiante en nuestra región, donde más de la mitad de los niños califican como "pobres en aprendizaje" (lo que significa que no pueden comprender un texto breve diseñado para su edad). Sin embargo, garantizar que estas iniciativas sean efectivas para todos los estudiantes por igual, independientemente de su estado socioeconómico, discapacidad, género o ubicación geográfica, es un desafío crítico.

Este #GraphForThought utiliza datos del Programa de Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) de la OCDE para explorar cómo las desigualdades en el acceso a herramientas esenciales de aprendizaje a distancia (como Internet, una computadora, un televisor o un escritorio donde estudiar) pueden profundizar las desigualdades educativas durante COVID -19.

El gráfico a continuación traza la brecha en el acceso a las herramientas básicas requeridas para el aprendizaje a distancia entre los estudiantes de seis grupos de ingresos (ordenados de más pobres a más ricos) de los países de ALC para los que hay datos disponibles. Lo que se observa es que los niños en el grupo de ingresos más ricos tienen, sistemáticamente, más probabilidades de tener acceso a las herramientas necesarias para el aprendizaje virtual. Si bien las brechas son mayores para el acceso a Internet y las computadoras de escritorio, las brechas también surgen en herramientas más básicas, como el acceso a un escritorio donde estudiar. En República Dominicana, por ejemplo, aquellos estudiantes del segmento más rico tienen el doble de probabilidades de tener acceso a un escritorio que los del segmento más pobre; en México tienen el doble de probabilidades de tener una computadora; y en Panamá mientras que virtualmente todos los niños del grupo de ingresos más altos tienen acceso a internet, solo el 40% de los del grupo más pobre tienen.

Comprender y abordar el acceso desigual de los estudiantes a las herramientas de aprendizaje a distancia constituye un primer paso crítico en el diseño de políticas destinadas a minimizar las pérdidas de capital humano y una ampliación en la brecha digital. Esto significa ampliar el tipo de métodos de enseñanza a distancia utilizados para incluir alternativas como la radio o la televisión, a las que los niños pueden acceder casi universalmente en ALC. Países como Perú, Costa Rica y Chile ya han tomado medidas para proporcionar contenido educativo a través de estaciones de televisión locales y según la base de datos de seguimiento de políticas educativas COVID-19 del Centro para el Desarrollo Global, 17 países de la región usan métodos solo en línea, 9 países usan métodos en línea + radio + TV, 5 países usan métodos en línea + TV, y 1 país usa radio + TV métodos.

Ahora bien, más allá del acceso a herramientas para el aprendizaje a distancia, toda vez que los niños reciben educación en el hogar, es probable que recurran a los padres para que los ayuden con las lecciones. Ello implica que, si los resultados de aprendizaje de un estudiante se vuelven (aún más) dependientes de las habilidades de sus padres durante el cierre de las escuelas, entonces estudiantes similares con cuyos padres tienen habilidades diferentes (o educación, ya que es imposible medir las habilidades) probablemente tendrán resultados diferentes. Es más, dado que la educación de los padres correlaciona altamente con el nivel de ingresos del hogar, es probable que en los hogares pobres, los padres con poca educación tengan una capacidad más limitada para apoyar el proceso de aprendizaje de sus hijos que los padres de hogares ricos.

Los datos muestran que, en los hogares de ingresos más pobres de cada país, entre el 10 y el 40% de las madres tienen educación universitaria, mientras que en los más ricos la cifra es de al menos el 50%. Por lo tanto, cuando los niños dejan de ir a la escuela, el efecto par pierde preponderancia, mientras que el efecto padres gana.

En última instancia, la preexistencia de activos en un hogar (ya sea capital físico en forma de conectividad o capital humano en forma de educación de los padres), son muy importantes para permitir la acumulación de capital humano de los niños en el presente. En el contexto del COVID19, es probable que las desigualdades en el acervo de activos de un hogar desempeñen un papel aún mayor en perpetuar las desigualdades futuras, no sólo reduciendo la acumulación de capital humano de los niños en el presente, sino también impactando sus resultados de largo plazo en el mercado laboral.

¿Puede esta crisis convertirse en una oportunidad cuando se trata de inversiones muy necesarias en educación? Avanzar hacia una cobertura universal de conectividad, tanto de escuelas como de hogares, por ejemplo, podría ser un elemento clave para la inclusión y uno que, dados los beneficios versus sus costos, debería ser un pilar clave de cualquier estrategia para construir una "nueva normalidad" más equitativa después de esta crisis.

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