La pandemia nos convoca a reconsiderar los esquemas de protección social e ir más allá de lo que los gobiernos, grandes corporaciones, fundaciones o incluso filántropos puedan hacer. Foto: Javier Sagredo / PNUD

Los regímenes de cuarentena y las medidas de aislamiento social a lo largo y ancho del mundo están gestando un nuevo tipo de aguda desigualdad: entre quienes pueden mantener una fuente estable de ingresos y aquellos que no. Este grupo está conformado por personas pobres que en toda crisis se ven afectadas, pero también por personas de la clase media. Por ejemplo, trabajadores del sector formal recientemente despedidos, donde el seguro de desempleo no alcanza para pagar el alquiler y aquellos trabajadores cuyo ingreso se reduce súbitamente porque no pueden continuar proveyendo sus servicios como taxistas, peluqueros, meseros, actores, músicos, chefs, recepcionistas, y muchos otros.

En este contexto, los gobiernos están llevando a cabo nuevos programas de emergencia en materia de protección social. No obstante, los sistemas tradicionales de protección social probablemente no serán suficientes o la velocidad de respuesta, en la mayoría de los países, no alcanzará para contener el impacto del COVID-19 sobre los niveles de vida de millones y millones de personas. Por esto, la pandemia nos convoca a reconsiderar los esquemas de protección social e ir más allá de lo que los gobiernos, grandes corporaciones, fundaciones o incluso filántropos puedan hacer.

Un ejemplo es lo que mucha gente -con la suerte de tener un ingreso estable- puede hacer en esta situación dentro de sus barrios o comunidades. En otras palabras: protección social entre personas.

¿Qué podemos hacer para ayudar a las personas más desprotegidas en esta pandemia? En primer lugar, obviamente, este es el momento para aumentar las donaciones a organizaciones sin fines de lucro e instituciones de caridad que atiendan a los grupos más pobres y vulnerables. Pero, la protección social entre personas hoy tiene que ir más allá porque los que se quedan sin ingresos no necesariamente pertenecen a este sector de la población. Ejemplos abundan. Muchas personas continúan pagando por los servicios que tienen al interior de su hogar como el servicio doméstico, incluso sin utilizarlos. También, dan propinas generosas cuando ordenan alimentos, o bien, compran tarjetas pre-pagas de regalo (gift cards) para ayudar a los restaurantes locales. Pagar por adelantado al plomero, gasista, mecánico, a la tintorería o incluso al peluquero o barbero es otra foorma de ayudar. En Gainesville, Florida, las personas pueden dejar propinas virtuales en sus restaurantes favoritos en “Tarros virtuales de propinas”. Este tipo de formatos se ha extendido para darle propina a los repartidores de comida, recolectores de residuos y otros.

Esta protección social entre personas también puede ponerse en práctica a la hora de compartir los costos económicos de la pandemia. En organizaciones sin fines de lucro, pequeñas empresas o cooperativas, los empleados podrían negociar recortes salariales transitorios o reducciones en las jornadas laborales para mantener las fuentes de trabajo intactas para todos, o al menos para los empleados con menores ingresos. De modo similar, aquellos propietarios que tengan inquilinos que perdieron su trabajo, podrían relajar los plazos de pago e incluso considerar darles préstamo sin interés. En las ciudades, las personas podrían dejar alimentos no perecederos que no planean comer en la puerta de sus edificios, u hogares, para ayudar a las personas que viven en la calle. Si conoces maestros que tienen alumnos con falta de materiales podrías comprar estos y enviarlos puerta a puerta.

Esta red de protección social entre personas no se refiere únicamente a la desigualdad en los ingresos. En un contexto de escasez de productos para el cuidado sanitario, el desigual acceso a estos equipos de protección se puede reducir incluso a través de pequeños gestos. Quienes dispongan de guantes de protección extra, los pueden regalar a las personas que entregan paquetes, al cartero y al que recoge la basura.

También existe una fuerte desigualdad en los efectos de la enfermedad sobre los adultos mayores y aquellas personas con alguna condición previa (inmunodepresión, EPOC, etc). Para morigerar estos efectos diferenciales las personas jóvenes podrían ofrecer su ayuda para realizar las compras que ellos necesiten. De este modo, se minimiza su exposición con el exterior y, así, la probabilidad de contagio disminuye.

Además, esta coyuntura provoca una desigualdad muy fuerte en la disponibilidad de tiempo. Aquellas familias que tienen niños pequeños disponen de horarios más acotados para trabajar, debido al tiempo que insume el cuidado de sus hijos. Quienes disponen de tiempo podrían ofrecer su ayuda para entretener esos niños virtualmente. ¿Tenes algún tipo de habilidad para cooperar con aquellos que se quedaron sin clases producto de la cuarentena? Si es así, podrías hacerlo en línea.

En resumen, la protección social entre personas toma el principio de solidaridad que se observa más comúnmente en el seno familiar y lo lleva más allá. Arriba hay un conjunto de pequeñas acciones que cada persona podría hacer para ayudar al negocio de su barrio, las personas que contrata o su comunidad.

Es importante tener en cuenta que la protección social entre personas no puede sustituir lo que un gobierno puede y debe hacer para proteger a los más vulnerables. Una red de protección social sólida y eficiente debe ser el objetivo final de un gobierno. Por esto, la situación actual debe concientizarnos sobre la importancia de financiar un sistema público y amplio de protección social, para que la próxima crisis—cualquiera sea su origen--sea mucho menos dolorosa.

 

* Esta columna está basada en el paper El covid-19 y la protección social de los grupos pobres y vulnerables (por publicar) de Nora Lustig y Mariano Tomassi.

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