Dos de cada 5 latinoamericanos corren el riesgo de recaer en la pobreza. ¿Cómo impedirlo? | George Gray Molina, Eduardo Ortiz-Juárez and Alejandro Pacheco

27 oct 2017

 En la actualidad, el 40% de la población regional se encuentra en vulnerabilidad de caer en pobreza. Foto: PNUD Haití

Hacia el final del reciente commodity boom, en 2013, América Latina había conseguido el nivel más bajo de desigualdad y pobreza por ingresos, y una clase media que sumó más de 90 millones de personas en solo diez años, hasta alcanzar el 35% de la población regional. El crecimiento económico fue trascendental en esos resultados, tanto porque promovió el aumento real de los salarios, como porque facilitó un mayor volumen de gasto social. En ambos casos, los principales beneficiarios fueron las personas de menores ingresos.

Con la reciente desaceleración y contracción económica regional, la expectativa casi generalizada era que varios de estos logros se revertirían o, al menos, desacelerarían su tendencia. ¿Se confirmaron los temores? Para el agregado regional, sí. Posterior al auge, un nuevo estudio del PNUD muestra que la proporción de personas en pobreza se estancó entre 2013 y 2015 —por primera vez desde hacía más de una década—, y en términos absolutos la incidencia registró un aumento, aunque apenas marginal. ¿Por qué este saldo regional negativo no fue tan drástico, dadas la contracción económica y su influencia sobre la pobreza?

Esta pregunta se responde si desmenuzamos el agregado regional. Por ejemplo, el descenso de la pobreza solo se revirtió en el conjunto de América del Sur. En contraste, aquel no se detuvo en los países Andinos, aunque ha evolucionado a un ritmo menor, y de manera destacable se aceleró en América Central, lo que es significativo tanto por el elevado nivel de los rezagos como porque la incidencia de pobreza había permanecido casi estancada desde 2007. Estos resultados parecen ser reflejo de un desempeño económico bien heterogéneo. Solo las economías de Argentina y Brasil se han contraído, mientras que la mayoría de las de América Central crecieron por arriba del 4% anual en promedio, y las restantes lo hicieron entre un 2% y un 4%. Entonces, el aparente saldo negativo en la cifra regional responde a un peso desproporcionado impuesto por las dos únicas economías en recesión. En el resto, la reconfiguración social continuó después del auge.

Pero, ¿sigue siendo América Latina una región móvil en ingresos individuales, como demostró serlo durante el auge? Para explorar las dinámicas de movilidad a nivel individual (i.e., el tránsito simultáneo de personas entre distintos grupos), recurrimos a paneles sintéticos construidos en 15 países para el periodo 2013-2015. Los resultados más conservadores demuestran la existencia de trayectorias de movilidad del ingreso hacia arriba en la gran mayoría de países, significativas porque: i) habrían superado a las trayectorias hacia abajo; y ii) la magnitud del ascenso fue especialmente mayor en aquellos países cuyas mismas trayectorias durante el auge habían sido más bien modestas. La movilidad en ingresos en buena parte de la región, por tanto, ha seguido ocurriendo.

Pese a lo positivo de estas trayectorias, la suma de subidas y bajadas para la región en su conjunto arroja que 7 millones de personas habrían caído en la pobreza desde vulnerabilidad (esto no significa que la pobreza haya aumentado en 7 millones, pues ya vimos que la incidencia agregada permaneció casi estancada; el estancamiento resulta de que, al tiempo que 7 millones de personas cayeron, un número similar salió de la pobreza), lo que señala la necesidad de contar con las políticas de protección adecuadas.

Esto adquiere relevancia porque, en la actualidad, el 40% de la población regional se encuentra en vulnerabilidad de caer en pobreza. Resalta también que poco más de 6 millones de personas habrían transitado desde la clase media hacia vulnerabilidad, lo que supone una preocupación adicional para las agendas públicas de la región de la que se ha hablado apenas de forma incipiente: la aparente fragilidad de la clase media.

Durante el auge, la región perdió la oportunidad de poner en marcha inversiones y reformas agresivas de los sistemas de protección social, más allá de las transferencias condicionadas que, pese a sus innegables resultados positivos, resultaban insuficientes como núcleo de la política social en un contexto en que la mayoría de la sociedad ya había cruzado la línea de la pobreza. Esta expansión de la población situada en el medio demandaba una estabilidad y calidad laboral mayores, así como el acceso a sistemas equitativos de pensión, de salud y de cuidados. También demandaba más y mejores servicios educativos, que constituyeran un puente natural de transición al mercado laboral y que fueran coherentes con las necesidades productivas de los países de la región.

Los años próximos serán críticos para la región. Abordar estos grandes desafíos de los que no nos ocupamos mientras podíamos no va a resultar sencillo, pues requiere de grandes inversiones que sean coherentes con las posibilidades de financiación, de un fortalecimiento institucional sin precedentes, de la coordinación de acciones entre diferentes niveles e instancias de los gobiernos, y del establecimiento de acuerdos políticos que no respondan a objetivos coyunturales.

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