Personas e instituciones resilientes: el desafío post terremoto en Ecuador | Carlo Ruiz

08 dic 2016

  Narcisa y su esposo, dueños de una vivienda colapsada que fue atendida por participantes del trabajo comunitario para la gestión de escombros coordinado por el PNUD. Foto: PNUD Ecuador

Nadie está lo suficientemente preparado para una emergencia hasta que tiene que vivirla. Y el terremoto del 16 de abril nos puso a prueba. Con la progresiva reducción de la intensidad de la fase humanitaria de respuesta que atiende a sobrevivientes y víctimas, se asienta el trajín. Empiezan a notarse los remanentes del desastre y se logra una idea de lo que será el futuro cercano y la capacidad de resiliencia de las personas.

Durante recorridos por las zonas afectadas, observamos que las personas cuentan, en mayor o menor medida, con una convicción natural que las empuja a tratar de superar la situación en la que se encuentran. Poco tiempo después de una catástrofe, sea por necesidad de supervivencia o por tratar de recuperar una normalidad que les ha sido arrancada a la fuerza, hombres y mujeres se empiezan a ayudar, se juntan y cocinan, se atienden, consuelan, acompañan. En sitios como Pedernales, uno de los lugares más afectados, se podía ver cómo a días después de la tragedia, se instalaban fogones y sitios donde se prepara comida para la venta al pie de los negocios destruidos y se organizaban partidos de ecuavoley en las calles donde todavía se limpiaban los escombros.  

Los desastres afectan con mayor fuerza a las personas en situación de pobreza. Por esta razón, tomar en cuenta a la recuperación de los medios de vida desde el momento de la respuesta es crucial: la persona que logra generar un ingreso puede superar psicológicamente su adversidad de forma más rápida. Este ha sido un factor clave en el proceso post terremoto en Ecuador.

La institucionalidad es otro elemento que pesa en la velocidad en la que las comunidades se recuperan: contar con un sistema de respuesta, con mecanismos que permitan una identificación oportuna y estratégica de las necesidades permite que los esfuerzos de recuperación sean más efectivos. La vulnerabilidad de la población se acrecienta en la medida en que las autoridades locales están menos presentes y ejercen menos autoridad al momento de asegurarse, entre otras cosas, que los estándares de construcción o uso del suelo se cumplan.

A nivel nacional, la fortaleza institucional y claridad en el ejercicio de competencias ha permitido que el proceso de atención a las poblaciones afectadas haya sido oportuna y adecuada. Esto sin duda influenciará la celeridad con la cual el país recuperará los avances en materia de desarrollo humano, y diseñará mecanismos para aliviar y erradicar la pobreza que el terremoto ha generado.

El tercer elemento de importancia es la coordinación: la medida en que las organizaciones e instituciones aportan de forma ordenada y técnica a los esfuerzos de respuesta y recuperación se refleja directamente en la efectividad para atender a las personas.

Esto se evidencia aún ahora, siete meses después del terremoto. La coordinación en la identificación de necesidades y atención en las labores de reconstrucción se vuelve vital en el proceso de reconstrucción. El evento ha sido una llamada de atención sobre la importancia de apoyar y fortalecer a los gobiernos locales en su rol de planificadores y ordenadores del uso del suelo e inspectores de la calidad de la construcción.

Gracias a todos estos esfuerzos, el PNUD ha logrado que 533 familias reactivaran económicamente sus comercios en Manta, Portoviejo y Calceta (Provincia de Manabí), y 490 personas -50% mujeres- obtuvieron trabajo emergente en los proyectos de demolición y remoción de escombros a través de la metodología Cash for Work. A través de esta iniciativa, fueron removidos cerca de 20 mil m3 de escombros.

Además, 300 productores de arroz y sus familias se beneficiaron con la reparación de un canal de riego; 260 familias reactivarán sus actividades agrícolas, pesqueras y de turismo; y 160 tenderos impulsarán sus emprendimientos con el apoyo de programas de reactivación económica.

En cuanto a construcción, el PNUD apoyó la elaboración de siete guías para la evaluación y construcción de edificaciones, con el fin de reconstruir mejor e incorporar la reducción del riesgo de desastres en los planes de desarrollo urbano. Y en la parroquia Riochico (provincia de Manabí), capacitó a 500 propietarios de casas afectadas en principios de construcción anti-sísmica.

Las personas en situación de pobreza que han sufrido los embates de un terremoto viven en una frágil línea, donde uno u otro elemento pueden llevarlas a rendirse o sobrevivir. Por esto, es crucial que las acciones sean rápidas, pero pensadas. La resiliencia es algo que se va impregnando de generación en generación. Construir resiliencia debe ser uno de nuestros principales objetivos y responsabilidades como instituciones en un país como Ecuador, en el cual vivimos con amenazas permanentes de desastres naturales.

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